jueves, 30 de noviembre de 2017

domingo, 17 de mayo de 2009

Días de Inocencia

En mis días de inocencia, sin resquicio de ironia, vivía en una casa antigua en el centro de la ciudad. Mi habitación daba el frente a la entrada principal, al fondo del zaguán, en donde durante el día jugaba tranquilo con mi hermano pero cuando la noche se acercaba me invadía de a poco el miedo, me asustaba oir unos fuertes golpeteos en el portón principal. -¿Cómo era posible que solo yo escuchara?-. Al día siguiente miraba en la puerta las huellas dejadas en la noche. Mi padre decía que siempre estuvieron ahí, pero aparecían nuevos rastros, no percatados por mi padre, que daban razón a mis temores.

Un día mi abuelo llegó de viaje a nuestra casa y ocupo mi habitación. Me tocó ir a dormir en la cama de mi hermana. La ventana de su dormitorio daba justamente a la calle. Aquella noche antes de iniciar los golpes y tomando valor me levante, muy lentamente me acerqué a la ventana y al asomarme... observé la calle oscura apenas iluminada, la bruma empalidecía el paisaje y al mismo tiempo estremecía mi cuerpo. Entre la niebla... fueron apareciendo seres transfigurados y monstruosos, sus pies a rastras, sus bocas emitían gemidos y en sus manos llevaban mazos; al llegar a la casa con ellos golpeaban: toc, toc... con cada golpe no solo trastocaban la puerta sino también mi alma. El pánico me enmudeció y esa noche no pude dormir.
Los días siguientes cuando empezaba a oscurecer mi temor crecía, y en la cama me escondía bajo las sábanas. En los años posteriores los golpes fueron cesando..., el miedo también desaparecía, comprendía que no había nada que temer y en esa medida los golpes se esfumaron... no extraño a los golpes, solo extraño aquella inocencia que se fue junto a los temores bajo las sábanas.